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El sueño
de Juan
(El hilo de Ariadna
y los poemas aparecidos)
“…El regalo
para vos para mí
El libro que te reservabas
Y tu deseo de compartir juntos
el lugarcito que encontrabas en el mundo
Que yo también despreciaba
El canto del poeta en aquel libro
“si todavía combato combatiré
un poco por ti…”
Carlos Aiub
“me
marcho despacio/siguiendo una estrella…”
Carlos Aiub
I
Es extraño, a veces me
gustaría escuchar la voz de mi padre, escucharlo
atentamente, verlo modular la voz, los gestos
que hace, los tonos que usa, el lugar de la mirada,
y que me cuente de sus sueños, de todos
sus proyectos, que me diga allí –en
vivo y en directo– quien quería que
yo sea, la forma magnífica que tendría
que tener mi mundo.
Hace poco escuché a una
conocida Hija decir que, por una extraña
perversión, los Hijos siempre imaginan
cómo pudo ser el último instante
de la vida sus padres, qué pensaron, que
se les pasó por la cabeza en el momento
final. En mi caso no es el último instante,
es como un reencuentro anterior a la posibilidad
de ese instante. Y tiene que ver con la poesía.
Se trata de un sueño. Y ese sueño
ocurre siempre en el mismo punto, es siempre igual,
funciona como un rescate fallido: corre el día
12 de Abril de 1977, 2:00 AM, en una hora el edificio
ubicado en calle 9 entre 47 y 48 de La Plata va
a estar rodeado de miles de efectivos de la policía,
van a tocar timbre en el departamento, y mis padres,
que (supongo) desconocen lo que va a ocurrir,
a partir de ese momento, van a desaparecer para
siempre. Yo llego antes, trasladado a ese exacto
tiempo y lugar por una suerte de máquina
del tiempo. Me encuentro con mi padre cara a cara,
y le cuento, le develo lo que va a ocurrir en
pocos minutos. Él me mira, me abraza y
comienza a decir unas palabras, habla en verso,
habla como un poeta, recita cosas que me embriagan,
me adormecen. Cuando tomo conciencia del lugar,
cuando quiero recordarle de mi presencia allí,
observo mi reloj, y en eso me doy cuenta que no
pude decir nada, que ya es la hora… y entonces
me despierto.
Como decía, este sueño
ha sido siempre igual, se repite en mi cabeza
muchas noches. Con el tiempo comprendí
que quizás remitía a un viaje posible:
mi padre soñaba conmigo desde algún
punto del pasado, mientras, en el mismo momento,
yo soñaba con él. Era una forma
de comunicarnos. La extraña poesía
que brotaba de sus labios era como una señal,
un mensaje cifrado que, como hilo de Ariadna,
yo tenía a mano para ir desmadejando de
a poco, y así, como en la salida de un
laberinto, develar la imposibilidad del rescate.
Alguna vez escribí un poema que habla de
ese sueño.
Por el momento no encontré
indicio alguno de que mi padre escribiera poesía,
sigo buscando o esperando que algún día
algo de eso aparezca. En cambio, mi querido amigo
Juan Aiub tuvo la suerte y la maravillosa sorpresa
de hallar un manuscrito de su padre Carlos Aiub.
Me gustaría transcribir aquí las
palabras con las que Juan me cuenta en un mail
sobre cómo aparecieron en su vida estos
versos, y la necesidad de darlos a conocer en
el aniversario de su secuestro: “…
mi viejo, Carlos Aiub, era un amante de la literatura,
aún graduado de geólogo y dando
clases en la facultad, continuaba con su apasionado
laburo de venta de libros. Y, como el mismo definió,
luchaba por escribir poesía, escribir “esos
versos que aún intento a golpes”.
Después de su secuestro, mi familia fue
a levantar las pocas cosas que los milicos no
habían robado o destruido, y allí
apareció un viejo cuaderno anillado –uno
de mis mayores tesoros- con casi treinta poemas,
de puño y letra de mi viejo. Nunca sabré
si fueron solo esos treinta los que escribió,
o solo son un pequeña parte de una obra
que la acción de los milicos jamás
no permitirán conocer. Nunca sabré
tampoco si él hubiese querido que los de
a conocer, pero jamás tampoco tendré
esta respuesta. En junio se cumplen treinta años
de su secuestro, y decidí publicarlos…”
Me impresiona la frase que escribe
Juan: “luchaba por escribir poesía,
escribir “esos versos que aún intento
a golpes”. La lucha por la poesía.
La guerra “de” y “desde”
la poesía. La poesía de nuestros
padres también fue desaparecida con ellos.
Ese era también su canto, quizás
el más intimo, el más cotidiano.
Cantidad de poesía, escrita o latente –en
potencia–, fue borrada del mapa, secuestrada,
torturada y silenciada. ¿O acaso cuando
los soldados van a la batalla no llevan siempre
un cuaderno de bitácora? Desde que fuera
hallado aquel diario escrito en la selva Boliviana,
sabemos que la guerra no se hace sólo con
fusiles, también se carga con las rosas
de la palabra. O como decía Francisco “Paco”
Urondo “empuñar un arma para dar
con la palabra justa”. No es extraño
que el enemigo se dedique luego a borrar las rosas,
para plantar la seca excusa de los fusiles.
La poesía que sale a la
luz, que se rescata del olvido al que fue condenada,
es “poesía aparecida”, tal
es el nombre que Juan Aiub eligió para
titular la publicación de los textos de
Carlos Aiub. A más de treinta años
de ocurrido el último golpe militar, el
ejercicio de rescate de la palabra poética,
completa el trabajo de la memoria en tanto revalorización
de un lugar que cada militante ocupaba y la forma
más íntima que elegía para
llevarla.
Y esta es, a mi entender, una
magnífica tarea para que la realicen los
Hijos. Como lo hace Juan Aiub a través
de la palabra de su padre, se trata de asumir
ese compromiso en la valentía de numerar,
transcribir, limpiar y –finamente- publicar
los poemas. No me cabe duda que esta es una tarea
para los Hijos, pues requiere un trabajo de archivo,
de rastreo, orden; un acto de complicidad fraterna
por parte de los legítimos herederos. Como
si fuera otra forma de asumir la historia, revolviendo
y desempolvando ese amarillento papelerío
que tuvieron la suerte de recibir (no sólo
me refiero a poemas, pienso en apuntes, panfletos,
diarios de vida, cuentos, etc.)
Ahora que lo pienso mejor, el
hecho de estar escribiendo todo esto no es pura
casualidad. Conocí a Juan hace varios años,
cuando algunos Hijos decidieron conformar un Centro
de Archivo. Algunas de estas ideas nos daban vuelta
por la cabeza desde aquel entonces. Juan, con
este homenaje a Carlos, lleva hoy a la práctica
aquellas ideas.
_________________
1
Por el momento en Argentina se han editado muy
pocos libros de poetas desaparecidos que han dejado
manuscritos póstumos sin publicar. Entre
ellos figuran: Dardo Sebastián Dorronzoro,
Viernes 25. publicado por su mujer y
con epilogo de Jorge Boccanera, en Editorial.
Letras S.A. México 1989; viernes 25 es
la fecha de su secuestro. Daniel Omar Favero,
Los últimos poemas. Publicado gracias
a sus padres quienes conservaron los poemas ocultos
durante años, en Libros de Tierra Firme.
1992 (con prólogo de Amilcar Mercader).
Por último, existe una recopilación
integral de textos de escritores y escritoras
desaparecidos y víctimas del Terrorismo
de Estado. Palabra Viva. Edición
a cargo de la SEA y la CONABIP. 2005.
II
Los versos de Carlos Aiub nos
hablan de la alegría de hacer la guerra,
de la ofrenda a la posteridad que eso significa,
del primer día de militancia: (…)
la alegría de nosotros en ellos…/la
alegría en esta guerra/las partes lindas
de la guerra sucia en la guerra larga/la ofrenda
generosa pura/la ofrenda escamoteada quizá
para mañana mismo…/la pequeña
zona liberada de mis sueños de estratega/el
marco de la guerra cotidiana…/así
simple mezclándose lo nuestro con el barrio,
con los cumpas de la diaria militancia (…).
Las enseñanzas que va
dejando la militancia es también algo permanente
en la escritura: (…) la alegría que
pretendes mentirle tantas veces a la vida porque
la consideras necesaria condición militante
(…)
Hay una sensibilidad para nombrar
el mundo, para apreciar sus miserias y grandezas
bajo el manto de la melancolía: la tristeza
es una figura del humo/la tristeza es una niña
vestida de otoño/un encuentro común
aunque no lo busco/la tristeza es un pedazo de
cielo tras la ventana pequeña de la celda/es
morir y no ver el futuro (…)
Esa sensibilidad es la misma
que le impide a Carlos pasar el mismo año
nuevo (1972) de siempre, porque, esta vez, el
mundo le pesa en la palabra: lloro de asco/lloro
por esto/mesas repletas/pueblo con hambre/estómagos
satisfechos/cuerpos torturados/casas iluminadas
intermitentemente /cárceles oscuras/eructos
sostenidos/niños raquítico…tarjetas
de plena felicidad/felicidades escamoteadas a
punta de plusvalía y bayonetas… todo
acude apretujadamente en esta noche.
El trabajo con la palabra parece
consistir en dejar de lado los barrocos, ser claro
y preciso, y sin vueltas afirmar: (…) se
trata de conjugar una serie de imágenes/imágenes
que se repiten/imágenes separadas postergadas…/se
trata de fijar los rostros innúmeros que
pasan a tu lado/pienso en el hombre como acreedor
del tiempo/como testigo/como hacedor y responsable
(…)
Por momentos Carlos nos cuenta
de su amor (¿la madre de Juan?): un año
hace apenas cuando nos conocimos/casi yo sin darme
cuenta/cuando aquel pedazo de mi corazón
vacío/comenzó a llenarse…/la
noche las estrellas/ levantando mi mirada hacia
arriba/y preguntando porqué ahora sin tanta
soledad tomado de tu mano (…), este poema
y los que luego siguen es a cuenta de tus ofrendas
cotidianas…(…) te cuento de las flores
aquellas que un día decidimos cuidar juntos
(…) (Poema diecinueve)
Pero también están
las inquietudes y los miedos, la sensación
que los días pasan y se asume el riesgo
de que todo puede precipitarse, que la posibilidad
de perderse está allí presente,
tocando los talones todo el tiempo: la idea de
la muerte que la pensás lejana esa muerte
diaria con olor a balas o a picana o a miseria
larga/la idea por momentos ausente/en las continuas
idas y venidas (…) y sin embargo me cuesta
sabes/porque a pesar tuyo y a cuenta de la memoria
van a quedar amontonadas una pila de hojas de
almanaque y algo más/van a quedar los días
de la vida y de la pena del aprendizaje y la nueva
experiencia (…)
Hay hasta pequeños homenajes:
Gordo ¡Presente! (Poema ocho); Vos y Trelew
(poema diecisiete): Retomo la vida de ustedes
inconclusa/ retomo la poesía aquella también
inconclusa/retomo mi propio camino entonces (hace
tres años Trelew 22 de agosto)/ y busco
(…)
Todos los poemas de Carlos Aiub
parecen estar hechos con una velocidad especial
(están fechados en períodos que
van desde 1972/1974/1975). Tienen el don de la
velocidad de la luz. Así llegaron hasta
aquí, son palabras fraguadas como el rayo
que atraviesa lo peor de la noche para llegar,
finalmente, hasta Juan. Los versos dejan ver esa
frescura militante trazada a los tumbos en un
cuaderno a mano, sobre el límite de una
hoja filosa que hace bisagra ante el precipicio
de un agujero que si no corre rápido puede
tragarlo para siempre: La nada o un silencio total/algo
que te reclama sin saber de donde/que te hace
vivir en una espera/en un no saber qué
será después… y uno metido
en ese tiempo/sin saber que parte lleva/solo que
algo espera pendiendo/en el vacío lejano
e inquietante de un mañana/y claro se trata
de tomarlo lleno/querés hacerlo hoy/y querés
que sea tal como se pinta en sueños (…)
Y en el vértigo de tomar
el cielo por asalto, surge el desafío a
los límites, el desafío anteponiendo
la palabra justa, el presentimiento de que en
la potencia de una simple rosa caen rendidos a
sus pies los reinos de la noche: (…) Qué
pasa ciudad?/Acaso vas perdiendo el invicto a
manos anónimas que salen de noche y te
agarran dormida/nacidas de madrugada/regresarán
cada noche de la tierra liberada (…) (de
la Ciudad Cargada de presagios-Poema dieciséis)
Leo y releo una y otra vez los
poemas que Carlos Aiub dejó, y pienso en
el tesoro que Juan ahora posee, el hilo de Ariadna
que tiene entre sus manos para ir develando poco
a poco quién era su padre. Si nos dejamos
llevar por los textos, en su lado más profundo
quizás se deje translucir el mensaje. Carlos
está hablando de Juan. Está hablando
de su voz, de la forma de su cara, de sus sueños.
Estoy seguro, todos los poemas hablan de Juan,
allá lejos, donde Juan esté…:
… asomado a la terraza con los/ ojos puestos
en algún lado/bien lejos/en la oscura morada
planetaria/de algún sueño astronauta/ensamble
de estrellas colgadas/como pueden jugando a la
distancia y a la buena suerte/confidentes de nostalgias
de otros/tantos corazones solitarios/y cada una
de ellas/otro mundo/otra pregunta/otra duda/quizás
otro tipo como vos/mirándote del otro lado/
de este mundo no tan exclusivo/si es así/si
es eso que pienso/que pequeño es el hombre
(poema catorce) (…) va cambiando/yo mismo/el
niño también/el sentido de su venida
si vino/la paz que le inventaron/la pesadilla
ahora sumida de la guerra/la búsqueda del
camino definitivo/y uno que a partir de ahora
seguirá siendo otro/y el niño también
(…) (poema dieciocho).
Este es el valor final que yo
le doy al legado de estos versos. El valor de
un espejo cuyo anverso y reverso deja ver dos
rostros que ya tienen la misma edad, y que, a
pesar de las distancias, desean el mismo mundo,
es decir, pueden pensarse y soñarse juntos,
ahora mismo, cara a cara.
Todos los poemas son ese sueño
llamado Juan. Y este es el sueño de Juan.
Julián
Axat. City Bell - 1 de Marzo de 2007
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