Pasaron ya treinta años
desde el secuestro de Carlos, durante los cuales
sus escritos pasaron de manos hasta llegar a las
definitivas: las nuestras, las de sus hijos. Como
padres inexpertos, sobreprotegimos el cuaderno
recluyéndolo en el silencio y la seguridad
del cofre destinado a los patrimonios más
valiosos -a esos pocos legados tan inevitablemente
propios como la sangre- donde esperó por
años el fin de su cautiverio. Hoy hemos
decidido por fin liberar los versos, aparecerlos,
abrir la posibilidad a un pequeño triunfo,
a ganar una mínima batalla: la de volver
a Carlos entre nosotros y, a través de
su poesía, retomar su voz inconclusa.
La mayoría de estos poemas
no poseen título, solo unos pocos recibieron
nombre. Algo similar ocurre con las fechas, no
todas fueron registradas por Carlos. Esta publicación
respeta el orden espacial que ocupaban los poemas
dentro del cuaderno, y de acuerdo a ese orden
han sido, tal vez irrespetuosamente, numerados.
Contemplando aquellos poemas fechados, resulta
extraña la inexistencia de una línea
cronológica dentro del ordenamiento espacial;
una posible explicación imagina al cuaderno
conteniendo trascripciones de una selección
realizada por Carlos, hipótesis probable
dado el confiado uso de la tinta y las escasas
correcciones. Hemos decidido además, acompañar
las transcripciones con algunas copias de los
poemas originales –de color amarillo tiempo-
que nos permiten imaginar, como quien mira una
vieja cinta “Super 8”, los movimientos
cautos de su mano derecha hacedora de palabras
cuyas mayúsculas no logran distanciarse.
Carlos nació en Coronel
Dorrego y entre colegio, fútbol –con
mas ganas que habilidad, según cuentan-,
clases de plástica y algo de Beatles, trascurrieron
allí su infancia y juventud junto a sus
hermanos menores, Riqui y Marita. Algunas viejas
fotos lo delatan por esos años sobre el
altar de la Iglesia del pueblo, primero como disciplinado
monaguillo y luego como miembro de Acción
Católica, confirmando su condición
de chupasirio, tal como muchos lo recuerdan cariñosamente.
Una vez terminados sus estudios
secundarios, Carlos emigró a La Plata a
estudiar Geología, carrera en la que se
graduó tiempo después. Durante esos
años, la facultad, la pensión y
la realidad descubrieron para él que la
iglesia no era herramienta suficiente para alcanzar
los cambios legítimos con los que comenzaba
a soñar. Se acerca al Peronismo de Base
e inicia su militancia barrial; allí conoce
a Beatriz Ronco -Bea en sus poemas- quién
fue su compañera, esposa y con quién
tuvo dos hijos varones. Juntos y en compañía
de Riqui, eligen al Movimiento Revolucionario
17 de Octubre (MR-17) como nuevo espacio de lucha,
sería el nuevo y definitivo.
El golpe de estado de 1976 hirió trágicamente
a la historia del pueblo argentino y lo hizo con
la misma intensidad en la familia Aiub: el 9 de
Junio de 1977 detuvieron en La Plata a Beatriz
Ronco y Ricardo Aiub, al día siguiente
a Carlos, de quienes jamás se conoció
su paradero; un mes después en un operativo
asesinaron a Marita, a su esposo Rafael y a Claudio,
el hijo de ambos de solo dos meses de edad; también
en julio de ese año, secuestraron en Coronel
Dorrego a Maria, la madre de los hermanos Aiub,
que tras ser brutalmente torturada, fue liberada
días después. Con estas desapariciones
y asesinatos aún cercanos en tiempo y espacio,
fue hallado el viejo cuaderno anillado que todavía
atesora los versos de nuestro padre; versos aparecidos.
La literatura fue una de las
grandes pasiones de Carlos, él amaba la
lectura y aún graduado y trabajando como
docente en el Museo, continuaba sosteniendo su
trabajo alternativo de venta ambulante de libros.
La búsqueda por conocer qué libros
habitaron su biblioteca no ha sido muy esclarecedora,
a través de testimonios solo descubrimos
que alguna vez recomendó como de lectura
imprescindible a "A sangre fría"
de Truman Capote y "Otra vuelta de tuerca"
de Henry James. Es en este campo de sensibilidad
y letras, donde nuestro padre libra batallas por
escribir poesía o como el mismo definió
por “escribir esos versos que aún
intentás a golpes”.
Sus poemas sangran ante las evidencias
de un mundo cruelmente desigual y persiguen el
vértigo y la intensidad de una transformación
urgente. Son flechas certeras que decodifican
un universo de entrega y compromiso, donde la
cercana posibilidad de la muerte no está
siquiera seducida por la duda de una alternativa
posterior, sino padecida como el vacío
que no permitirá sintetizarse en ese triunfo
inexorable. Su poesía encuentra espacios
para reconocer en su amor por Bea al motor necesario
para el cotidiano andar dentro de la realidad
viscosa; nos cuenta sobre sus hijos, flores y
proyectos, temiendo una violenta imposibilidad
a verlos crecer, pero confiando en la libertad
como único posible legado.
Hace algún tiempo, Juan
Gelman, recordando a Paco Urondo, describía
la indivisible unión entre militancia y
poesía que el poeta desaparecido había
alcanzado:
“No hubo abismos entre
experiencia y poesía para él; corregía
mucho sus poemas, pero supo que el único
modo verdadero que un poeta tiene de corregir
su obra es corregirse a sí mismo, buscar
los caminos que van del misterio de la lengua
al misterio de la gente. Luchó con y contra
la imposibilidad de la escritura. También
luchó con y contra un sistema social encarnizado
en crear sufrimiento."
Difícilmente encontremos
un modo más claro para entender la vida
y la poesía de Carlos Aiub.
El rescate de estos versos hacia
su publicación en papel y en su hermano
formato web (www.versosaparecidos.com.ar) hubiese
sido imposible sin la desinteresada entrega de
Emiliana Carricondo, Julian Axat, Soledad Rodriguez
Sabater, Verónica Sanchez Viamonte y José
María Pallaoro. Imprescindible también
resultó HIJOS y su incansable lucha, refugio
desde donde aprendimos a reencontrarnos con nuestros
viejos. A todos ellos, infinitas gracias.-
Ramón Aiub
Ronco y Juan Aiub Ronco
Junio de 2007
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